¿Estamos frente a una película o un debate político? ¿Frente a un ensayo socialmente comprometido o una crónica beligerante de estos tiempos de paridad y de reivindicaciones feministas? ¿La número uno pretende conseguir un efecto espejo de la realidad, de lo que podría ser la realidad o de lo que nunca será? Pues un poco de todo y mucho de nada. El film es ficción, inspirado, eso sí, en una triste y controvertida realidad que ocupa telediarios y corrillos de bar a diario, pero que dista mucho de tener solución, y mucho más de normalizarse. Y no lo conseguirá esta película insignificante. Sobre todo porque resulta de lo más aburrida, y con el sopor uno tiende a olvidar. Pero es que además es algo confusa, y difusa. Plantea luchas de poder empresarial, y político, allí donde la mujer sigue siendo una intrusa; en esas altas esferas financieras, que de machistas son misóginas – que no es lo mismo, pero se parecen mucho y a menudo devienen términos sinónimos-. Ese territorio aún vetado a la presencia femenina. Un magnífico escenario para plantear un drama actual sobre la inclusión laboral, la igualdad de oportunidades y las confrontaciones sexistas, pero que resulta irrelevante en esta película planteada como si de una campaña electoral se tratase, aunque consiste en la designación de un/una directora general de una corporación multinacional. Con su juego sucio, el tráfico de influencias, los trapos sucios, favores, traiciones, lealtades, etc. Y no es que no interese la propuesta en sí misma, pues series como House of cards o The good wife son magníficas. Pero el tono lánguido, sesteante, inerte a ratos de este film, hace que por momentos parezca quedarse en stand by emocional, y que pierda todo el brío y la intensidad necesaria para que nos importe esa carrera en pos del poder y la justicia femenina. Es tímida. Mala cualidad para un tema como éste.
La número uno
Dirección: Tonie Marshall. Intérpretes: Emmanuelle Devos, Suzanne Clément, Richard Berry.
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