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Otello

Otello

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Tanto barco me marea

 

Es un hecho que la programación del Teatre Principal de Palma, de un tiempo a esta parte, apuesta por la lírica, hasta el punto de programar las producciones teatrales en función del repertorio operístico. El año pasado ya pudimos ver en los decorados de Turandot la obra de Joan Yago, En un país tan llunyà, así como en ocasión de La flauta mágica, de Mozart, la obra que se representó fue Amadeus de Peter Schaffer. Sin embargo, este año el Teatre Principal ha cambiado de estrategia y ha relegado a la Sala Petita cualquier evento teatral, incluso aquellos relacionados con la ópera en cartel. De todas formas y teniendo en cuenta la afluida concurrencia a la ópera no acaba de extrañar esta apuesta por el bel canto si se compara con la afluencia a los espectáculos teatrales.
No suelo acudir a las citas operísticas porque camufladas de temporadas de gran repertorio, los títulos y las producciones se repiten y rara vez hay novedades. Cosa que por otra parte está muy bien ya que así, las costosas producciones operísticas gozan de un poco más de futuro y continuidad, que las producciones teatrales que nacen y mueren, con un poco de suerte se prorrogan, en el Principal. Así el año pasado pudimos escuchar Turandot de Puccini y la misma producción volverá a los escenarios en junio. Ayer fue una excepción pues Otello no pisaba el escenario mallorquín desde hacía más de un siglo y la ocasión bien lo merecía dado que Otello es sin lugar a dudas una de las grandes obras de Verdi.
Es imposible asistir a una representación al Teatre Principal y aburrirse: entre la heterogeneidad del público, los sobretítulos en bilingüe, la escenografía, la orquesta, ah, y los intérpretes, el entretenimiento es constante. Aunque no creo que Wagner se refiriera precisamente a esto cuando apuntaba que la ópera debía ser un espectáculo total, sino más bien a la perfecta comunión entre la poesía del libretto, en este caso de Arrigo Boito, la escenografía y la música. Por tanto, es una lástima que el máximo gancho publicitario que se ha dado a la producción de una joya como Otello, considerada una obra maestra, donde Verdi, abandonado la estructura de división en arias y recitativos, logra un sentido de unidad y continuidad en toda la obra, sea la espectacularidad de la escenografía. El efecto de Gesamtkunstwerk que yo también persigo en la ópera no lo conseguí, pues en este caso, la comunión entre letra, música y escenografía no se alcanzó dado que la pieza central del decorado, un aparatoso barco, ganó por goleada. Si Verdi/Boito ya optan por centrar toda la acción en Chipre, obviando Venecia del original de Shakespeare, Alfonso Romero, el director escénico, ha optado por el barco de Otello como escenario único de la acción. En el primer acto la escena es claustrofóbica pues navío, coro e intérpretes mal caben sobre el escenario y además de cantar (divinamente, parece mentira que aunque cambien de entrenador este coro siempre esté fantástico, al igual que la también harto perjudicada orquesta sinfónica) tiene que mover la mastodóntica estructura. La impresión claustrofóbica se incrementa con los efectos de la tormenta que “caen” sobre el patio de butacas. La escenografía condiciona pues todo el desarrollo de la obra aunque cabe reconocer que logra escenas plásticamente bellas cuando el navío es observado desde popa. El inicio del segundo acto en el que la popa es tenuemente iluminada, es una de las escenas más bellas de la noche, donde por el contrario, llama la atención el pobre camastro que es escogido para la muerte de Desdémona. Además de la estructura naval, el escenario está poblado de mástiles con velas que se van rasgando a medida que Otello se hunde, gracias a todas las artimañas de Iago, en su miseria. Lo que antes era una nave majestuosa se ha convertido en el último acto, en una tela de araña aderezada con costillas de ballena para así ahondar todavía más en las desgracias que se avecinan e ilustrar a modo de metáfora, el subconsciente de Otello. Poco se alude en el libreto de Boito al calvario por el que pasa Desdémona. Desdémona, a diferencia del personaje un poco más rebelde que dibujó Shakespeare, es aquí muy angelical y sumisa. Atributos que favorecen la línea melódica que Verdi escogió para ella, haciendo que La canción del sauce y el Ave María resulten más piadosas y creíbles. Me hubiera gustado mucho haberme podido transportar, gracias al perfecto engranaje de la puesta, por la voces, pero tanto barco me causó mareos y sólo pude constatar que nadie cantó mal pero que a mí, personalmente no me bastó para emocionarme. Mi momento más esperado es la entrada de Lodovico, pues los bajos de las últimas ópera de Verdi me apasionan y por razones estrictamente personales, destacaría la ejecución de uno de nuestros cantantes más internacionales, el bajo mallorquín Josep Miquel Ribot. El público aplaudió muchó a los tres protagonistas, sobre todo a la soprano Maite Alberola en su papel de Desdémona y sus interpretaciones de las anteriormente citadas Canción del sauce y Ave María; al Iago de Àngel Ordena con su hit del Credo, así como la totalidad de la actuación de Albert Montserrat como Otello. Se agrade al Teatre Principal que el dramma lírico Otello nos haya visitado 124 años después y coincidiendo con el 450 aniversario del nacimiento de Shakespeare, también así se le haya rendido tributo al bardo inglés. Otello, ya sea el verdiano o el shakespeareano es un clásico, de ello no cabe la menor duda, y aunque nos parezca anticuado llegar a matar por celos o por honor, desgraciadamente esa temática (de las múltiples que la tragedia propone) está más vigente que nunca. ¿Es suficiente entonces, ilustrar la tragedia de Otello, en el drama que urde Iago, simplemente a través de estados de ánimo enmarañados para que éste resulte vigente?

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