Un buen malo es un tesoro. Los villanos cinematográficos han sido siempre un bien preciado, una sólida base sobre la que construir una ficción, y a menudo esos personajes con los que identificarse desde el conflicto ético de la admiración por el lado oscuro, que tan fenomenalmente mal nos hacen sentir. Así que conseguir una banda de tipos malos como ésta es tener en la mano un póquer ganador. Casi con el glamour y el carisma del que tuvo Steven Soderbergh en Ocean’s eleven, y que tan buenos momentos nos hizo pasar.
Hay reglas no escritas que se respetan por motivos ajenos a los criterios críticos y razonables, y que suponen flagrantes agravios comparativos. A James Bond se le permiten imposibles que no colarían en otra película de acción o espionaje, inmediatamente denostada por excesiva e inverosímil. Por ahí anda también Ethan Hunt y sus misiones imposibles, aunque ya se ha pasado un poco de frenada incluso para ser él. Pues bien, algo de todo esto hay en “Los tipos malos”. Lo había en la primera y lo hay, a lo bestia y sin límites, en la segunda. Aún mejor, diría yo. Y sí, los dibujos animados permiten lo imposible casi como característica intrínseca, pero en el caso que nos ocupa, y tal vez sea solo una percepción nostálgica, no se trata de un abuso injustificado buscando la insulsa pero eficaz pirotecnia. Es más bien un más difícil todavía de toda la vida, un no se vayan todavía que aún hay más, un homenaje a los atrevimientos y desmanes más descarados de un cine envejecido pero entrañable, como el del mencionado 007. El de Moonraker y su ingravidez, por ejemplo. Horrible, pero memorable. Inolvidable.
Con un ritmazo, con mucho estilo, con ese misterio que a nadie engaña, y una maldad encantadora, los malos quieren ser buenos y les va mal; así que mejor que sigan siendo un poco malos y nos lo hagan pasar así de bien.
Dirección: Pierre Perifel, JP Sans.
Intérpretes (voz): José Posada, Pedro Alonso, Gemita, Santi Millán, etc.
Javier Matesanz



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