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El perro del hortelano

El perro del hortelano

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Ni come ni deja comer. Eso ya lo sabemos todos, es casi un refrán de tan clásico, pero no basta un dicho popular para justificar una obra que ha surcado los tiempos desde el siglo de Oro y ha llegado intacta a nuestros escenarios sin perder un ápice de su frescura y contemporaneidad. Si El perro del hortelano es un referente es por el verbo de Lope de Vega, de versos ágiles y ocurrentes, de ritmo descarado y juguetón, que además de su riqueza parecería escrito hoy, si no fuera porque hoy nadie osaría escribir rimado semejante enredo. A caso no se han sentido ustedes identificados en mucho y muchos, no han reconocido a nadie en escena, no saben ustedes de amigos y amigas a quienes más de un personaje les entraría como un guante. Y sí, hoy, y no solo en 1600, cuando la pluma de este mujeriego, pendenciero, aventurero, prolífico y genial dramaturgo pergeñó su relato de alcobas, limítrofe al vodevil con sus celos, ambiciones, envidias, lealtades, traiciones, tozudez, rencores y amores; pero retrato social, al fin y al cabo, de ayer y de hoy.

Y es ese texto el que ha respetado Helena Pimenta de cabo a rabo, con deferencia y admiración, sin apenas desvíos ni licencias, que se limitan al tono bufo excesivo, inexistente en el original a esos niveles, y que pretende aligerar una duración que la fidelidad a la letra exige algo excesiva. Una opción que resulta un desigual acierto, pues así como suaviza entre sonrisas algunos pasajes más densos, cae después en la caricatura de manera algo patosa, y espesa con bufonadas de comicidad casi televisiva algunas escenas poco acertadas (el “gag” del mercader griego).

Aun así, El perro del hortelano servido por la Compañía Nacional es un placer por muchos motivos. Por su impecable puesta en escena, de monumental austeridad; por su vertiginosa fluidez, atemperada por transiciones coreográficas, casi musicales, tan breves como prescindibles, pero pese a todo curiosas – casi interesantes-; y por un puñado de excelentes intérpretes (que salieron fríos, estridentes y sin matices, para acomodarse y brillar después-, entre a los que destacaría a un ya talludito Teodoro (Rafa Castejón) y a una excelente Marcela (Natalia Huarte), además de un notable Joaquín Notario en el papel de Tristán, siempre brillante pero pasado de vueltas. Exigencias de dirección, hay que suponer.

Producción: Compañía Nacional de Teatro Clásico Autor: Lope de Vega Dirección: Helena Pimenta Intérpretes: Rafa Castejón, Joaquín Notario, Marta Poveda, Álvaro de Juan. Espacio: Teatre Principal de Palma

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