Oportuna u oportunista. Pues no lo sé, pero admito mis prejuicios, y confieso que no puedo evitar la contaminación ideológica de la que debería ser mi valoración de los méritos o deméritos creativos del film. Me incomoda la duda, la sorprendente casualidad del estreno en este preciso momento de un film como este David. Una aventura gigante. Un loa del pueblo de Israel, tocado por la divinidad y adalid de la justicia y de la convivencia pacífica de los hombres en nombre de Dios, estrenada en un escenario sociopolítico mundial como el actual, marcado por la tenacidad genocida de esa misma nación. O al menos de sus dirigentes. Las casualidades suelen ser poco casuales cuando sirven a un propósito tan oportunamente. Dicho queda. Y ahora cine.
Y en este apartado no está del todo mal. Superando la cansina insistencia en la santurrona descripción del personaje protagonista, lo cierto es que visualmente la película es atractiva. Sin caer en preciosismos disneyanos (las canciones sí, qué le vamos a hacer), pero cuidando tanto los detalles en las distancias cortas como la grandeza paisajística. Y de este modo ofrece algunos momentos realmente hermosos, así como otros inquietantes, incluso perturbadores, muy conseguidos.
Todo ello para biografiar al pastor ungido por Dios para ser rey, que se convirtió en leyenda bíblica, honda mediante, al derrotar siendo un niño al gigante Goliat de una sola y certera pedrada. Una gesta que liberó a su pueblo y determinó el futuro de su historia. Aunque este capítulo, sin duda el más popular e icónico del Rey David, no es el epicentro del relato, sino casi el punto de partida. Lo cual resulta estimulante, ya que el desenlace era por todos conocido, y de este modo se amplía el margen de sorpresa para el resto de la historia en sus pasajes más desconocidos. Aunque a la postre tampoco resulta demasiado apasionante, la verdad. Convencional. Correcta. Pero olvidable.
Dirección: Phil Cunningham, Brent Dawes
Animación.
Javier Matesanz



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