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Big Hero 6

Big Hero 6

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La empresa del ratón de grandes orejas empezó a recuperarse hace años con Enredados, un alarde de cine de princesas musical y muy entretenido. Luego llegó Rompe Ralph, que demostró que se podía cruzar Tron con Mario Karts y hacerlo con gracia. Y remató la faena con la multimillonaria Frozen y sus juguetes vendidos como si fueran pipas. Ahora, un año después de su último musical, la productora más grande del mundo reaparece cruzando a Stan Lee y sus superhéroes de Marvel con la técnica cinematográfica de un estudio que lleva casi ochenta años haciendo películas de animación, y lo hace a lo grande, con una película emocionante, divertida y que cumple con solvencia sus intenciones: llenar la sala, divertir y que corra la voz (además de vender muñecos, claro).

La historia de un joven superdotado en un futuro no muy lejano y sus ansias por conseguir encontrar su camino más allá de las batallas de robots callejeras, está construida más allá del simple entretenimiento navideño. Un desarrollo de la acción enfocada hacia el mercado oriental, pero dotado de la contemporaneidad occidental necesaria para que cualquier niño europeo y americano del mundo se sienta cercano a alguno de los protagonistas, la película tiene clara que la base de toda la historia son las emociones de los personajes. De ahí que el in crescendo necesario del argumento esté continuamente salpicado de emociones y de algunos mazazos sentimentales que consiguen una empatía perfecta con los dibujos (recuérdese que estamos hablando de cine de animación) que aparecen en la pantalla. Además, la inclusión de un robot como Baymax, con el que Hiro Hamada (el adolescente alrededor del que gira toda la historia) mantiene una relación más allá de la cualquier otro personaje con sus inventos, y recuerda a la de Hipo y su Desdentado en esa gozada llamada Cómo entrenar a tu dragón, consiguen mantener el equilibrio justo entre la comedia y el cine de aventuras. ¿Qué niño no querría un Baymax para él solito?

Pero el gran mérito de la película no está sólo en lo dicho anteriormente, sino en no tratar al público infantil como si fueran niños a los que hay que dárselo todo mascado y envuelto de muchos colores y músicas machaconas. Ellos, los que llenan la sala, saben perfectamente qué es lo que quieren y cómo lo quieren. Y Disney ha encontrado la fórmula para hacerlo.

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